Cover photo: Alejandro Villegas O

Uno quiere ver el cambio en este país, aunque nos la ponen muy difícil. ¿Es posible tenerlo? Pues sí, pero…

…la verdad es que resulta muy preocupante y frustrante la contundente brutalidad con la que se nos sigue atropellando como ciudadanía.

Tal parece que no hubiéramos aprendido las lecciones del pasado: vivimos en una sociedad que anhela dejar la paz, pero elegimos a un gobierno que, sin dolor en el alma, la busca como recurso.

Ese gobierno que, mientras tanto, busca arrastrarnos a compartir miserias que por lo pronto solo vemos en tierras ajenas, mientras nos ahogamos en carga tributaria que muy probáblemente será destinada a engrandecer a un estado derrochón, como ciertos vecinos que conocemos.

Ese gobierno que nos quiere convencer de que la oposición nos llevará al caos, mientras desarma las cortes, nos acerca a una recesión, pone en riesgo el sistema electoral, nos engaña y nos violenta.

Nos violenta. Y nos ha violentado. A mí, a usted… ¡y a sus hijos! Porque mientras usted está leyendo este artículo, sus hijos, a los que usted ama y sabe que sólo quieren salir adelante y soñar con un futuro mejor están en el hospital recuperándose de haber sido atropelladas por un carro; o traumados por haber estado frente a artefactos explosivos —de uso legal, disparados por la fuerza pública—; o simplemente desaparecidos (al momento de publicarse este artículo, figuran varias denuncias al respecto).

Entonces, ¿qué sigue señor gobierno? ¿Pretender que aquí no ha pasado nada? ¿Seguir ignorando las voces de quienes clamamos una sociedad en paz? ¿Hacer oídos sordos? ¿Cometer actos de barbarie, para luego posar en la foto como héroes?

Antes decían que el desorden lo hacían las FARC, y un sinnúmero de actores del conflicto; sin embargo —en su mayoría— ellos ya no están aquí para servir de chivo expiatorio, bien porque dejaron las armas o porque los condenaron. ¡Claro! Quedan facciones del conflicto, pero no resuenan, porque sus objetivos no son políticos.

Entonces, ¿quién sigue? ¿Las cortes? ¿Los periodistas? ¿La oposición? ¿Usted o yo? ¿Condicionamos a una sociedad polarizada para volverla más agresiva? ¿Para que vea en su vecino al enemigo? ¿Coaccionar a los medios para que hablen bien del gobierno?

Hoy me complace saber que el movimiento estudiantil es un movimiento ciudadano legítimo, con una noble intención y un actuar correcto; pero también debo recordar que se pretende dilapidar en medios a punta de información sesgada, mientras se amenaza a punta de terrorismo. Sí, ¡terrorismo señores!

Y eso es lo que nos quedó de la noche de hoy.

Pese a todo esto, es necesario recordar que, aunque no lo parezca frente al espectáculo del medio masivo, no sólo no nos identificamos con ese vandalismo con el que, a punta de muestras arcaicas de activismo, y —por qué no decirlo de paso— sabotaje, nos quieren hacer ver como escoria; sino que además expresamos nuestro rechazo.

Esto es una invitación a apoyar una causa justa más: rescatar y exaltar a las verdaderas personas de bien.

Enhorabuena, las redes sociales —e internet en general— han hecho un esfuerzo para conectar el lado faltante de la historia, la versión de la brutalidad. Porque, pese a que espantar a la audiencia y generar opinión sesgada de rating y puntos en la política, aún hay aquellos que contribuyen a la verdad.

Porque, si bien acusar a los directivos de nuestras universidades de corruptos suena plausible, la verdad es que antes se la están jugando toda —con las diez mil presiones incluídas— para mantenerlas a flote, y garantizarnos esa educación que nos llevará a crecer como economía y sociedad.

Porque también es el orígen de esta columna insistir en unirnos por un país mejor. Esta ola de horror debe parar.

Esto es un llamado a la sensatez. Y es un llamado a creer en nosotros y en las justas reclamaciones que le exigimos a esos funcionarios a quienes les pagamos para que trabajen para nosotros.

Y es un recordatorio: rechazar ese terrorismo es un deber de todos. Más ahora que viene del mismo gobierno. Más ahora que obedece a intereses peligrosos para nuestro propio futuro.

Con todo esto en mente, con la impotencia y el miedo de saber que estamos caminando sobre hielo fino, pero con la afortunada certeza de que nuestras acciones como ciudadanía decidirán nuestro futuro… ¿qué procede?